Miércoles 28 jun. 2017

Sylvia Ramírez

Lingotes de Felicidad


Sylvia Ramírez Rueda


Colapsó la oficina de solicitudes de milagros

Gran parte de lo supersticiosos que somos se nos quitaría si no nos diera tanta pereza recorrer el camino (lleno de curvas, por cierto), que suele haber entre el punto de la vida en que nos encontramos y la situación en la que anhelamos estar. En la mayoría de los casos lo que hace que un milagro se llame “milagro” no es tanto lo inusual de la petición sino la rapidez con la que quisiéramos poder salirnos con la nuestra.

 

Sea por pereza o por inocencia (a veces la línea divisoria entre un estado mental y otro no llega a ser tan clara), la verdad es que llevamos al cirujano plástico los asuntos que corresponden al psiquiatra; pagamos en una transacción dentro de la joyería el equivalente a los honorarios de un año de terapia de pareja; vamos donde el brujo que liga al ser amado con tal de no soportar el varillazo lento y doloroso de entender que ya no nos quieren más y alucinamos con la idea de iniciar nuestro propio negocio, no tanto por el sueño lindo de emprender e innovar, sino para ahorrarnos el agravio de no comenzar siendo los gerentes que durante toda la universidad nos dijeron que seríamos y que ya captamos que no seremos. Al menos no para empezar.

 

Pero esta maña de buscar atajos no es del todo culpa nuestra. Chamanes y hechiceros ha habido desde el principio de los tiempos: el afán de querer que la solución llegue casi a la vez con el problema es un rasgo muy humano. Tal vez las cosas se nos facilitarían si aprendiéramos a distinguir entre las causas y los efectos. Pasa todo el tiempo con la felicidad, por ejemplo: la sentimos como el desenlace fantástico al que llegaremos luego de mucho sufrimiento siendo que, en realidad, debería ser la base de nuestro éxito. Entendamos eso y veremos que la libertad comenzará el día en que el taconeo de nuestros pasos (quizás lentos pero siempre dirigidos hacia nuestra meta) retumbe más fuerte que el clamor de nuestras súplicas. Ser feliz no tiene por qué ser un milagro.  

 

Calmémonos lo suficiente como para poder notar la distancia enorme que hay entre los triunfos que percibimos en las fotos de los otros y la vida agridulce que en realidad todos llevamos. Lance el amuleto al río (porque ya no lo necesita) y permítase ir más despacio. Vaya a su ritmo, a su glorioso ritmo, haciendo todo lo que honestamente pueda sin esperar la llegada de ese dedo salvador que hunda el botón de su buena suerte. Sepa que la felicidad asomará cuando usted ponga más fe en su creatividad que en la compasión de cualquier agente –humano o místico- externo. Recuerde que es su realismo y la magia intrínseca de cada proceso lo que romperá el hechizo del eterno desencanto, no la alineación de ningunos astros. Vivir en función de esas piruetas celestiales es algo que le queda bien a la NatGeo, no a quienes tenemos tantas otras posibilidades.


@SylviaRcoaching

www.sylviaramirez.com.co


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